
a cargo de Laura Escamilla, abogada del Gremi de Publicitat, Comunicació i Màrqueting
En el mundo de la publicidad, la comunicación y el marketing, los pitchs forman parte de la dinámica habitual. Son ese espacio en el que las agencias ponen sobre la mesa ideas, estrategias, conceptos y creatividad para intentar ganar un cliente o un proyecto.
Es una práctica normalizada. Pero no siempre suficientemente protegida.
Porque, más allá de su dimensión comercial, un pitch también tiene una dimensión jurídica que a menudo pasa desapercibida. Y el problema suele aparecer cuando la propuesta no prospera, pero parte de la idea termina apareciendo, más adelante, en una campaña, una acción o una línea estratégica del cliente.
Y es ahí donde muchas empresas del sector se hacen la misma pregunta: ¿hasta qué punto una idea presentada en un pitch sigue siendo mía?
La realidad es que, en muchas presentaciones creativas, se comparte mucho más que una simple carta de presentación. Se presentan conceptos, claims, enfoques, estructuras narrativas, propuestas visuales o estrategias que tienen valor por sí mismas. Valor creativo, valor económico y, a menudo, valor diferencial.
El problema es que ese intercambio suele hacerse sin un marco claro.
Sin acuerdos previos, sin cláusulas de confidencialidad, sin definir los límites de uso ni establecer qué ocurre con las propuestas no seleccionadas.
Y eso deja una zona gris que puede acabar generando conflictos.
Desde el punto de vista legal, conviene tener clara una idea básica: presentar una propuesta no equivale a ceder sus derechos. Explicar una idea para que sea valorada no debería implicar que pueda ser utilizada, adaptada o compartida libremente si no existe un acuerdo expreso.
La creatividad también es un activo jurídico.
Por eso, antes de participar en un pitch, es importante revisar algunas cuestiones que a menudo se pasan por alto: ¿existen unas bases reguladoras? ¿La participación es remunerada? ¿Quién conserva los derechos sobre el material presentado? ¿Puede reutilizarse parcialmente una propuesta descartada? ¿Existe un compromiso de confidencialidad?
Son preguntas incómodas, pero necesarias.
Porque proteger una idea no significa poner barreras a la relación comercial. Significa dar valor al trabajo creativo desde el primer momento.
En un sector donde la diferencia suele estar en una buena idea, asumir que todo lo que se presenta puede quedar en manos de la otra parte sin ningún límite es un riesgo que, demasiadas veces, se acepta con excesiva ligereza.
Y cuando eso ocurre, recuperar el control no siempre es fácil.
La confianza es importante. Pero la previsión también.
Y, en materia creativa, como en tantos otros ámbitos, anticiparse sigue siendo la mejor forma de protegerse.
Abogada. Especialista en Drecho Empresarial, Consultora, Abogada en ejercicio y reestructuradora concursal.